Dos copas servidas y allí esta él esperando, esperando a la locura,
la locura hecha mujer.
De qué otra forma llamarla si le hace perder el control, se adueña de sus pensamientos y despierta todo su ser.
Una vez que cruza la puerta se detiene el tiempo, todo deja de existir, con cada caricia van construyendo un mundo de deseos incontrolables; un mundo lleno de pasiones donde sólo hay cabida para esas dos almas que se convierten en una sola en la complicidad de un hotel.
Y se sientan en la cama conversando como amigos pero desnudos como amantes, donde cada sorbo de vino es una invitación, una invitación a seguir ofreciéndose placer porque aunque él pertenece a otra y ella no le pertenece a él… Por esos minutos, por ese momento ambos son una sola piel.